lunes, 8 de agosto de 2016

Señor y señora Trump

Por: Ricardo Rocha

“¡Querido, olvidé estas fotos!”, podría haberle dicho ella a él aquel domingo cuando el New York Post la exhibió desnuda, desde la portada, con el título: The Ogle Office –que significa La Oficina Sexy– en un juego de palabras con “The Oval Office”, es decir, la celebérrima Oficina Oval de la Casa Blanca, la residencia donde la francamente bella Melania K. quiere vivir al lado de su marido Donald Trump. Por lo pronto, en la misma portada se anunció: “Usted nunca ha visto a una potencial primera dama como ésta”. Por supuesto que no.
“Querido, olvidé también estas otras fotos!”, tal vez le dijo ella a él, cuando el mismo diario publicó nuevas fotografías, especialmente la que más conmoción causó y que la muestra abrazada por otra mujer totalmente desnudas y en una cama. Imágenes todas que han desatado una fuerte polémica en redes sociales, que va desde los señalamientos de misoginia hasta la indignación porque una modelo de desnudos pudiera convertirse en la primera dama de los Estados Unidos.
Cierto que las ahora celebérrimas fotos provienen de hace 25 años, que todos tenemos un pasado y que Melania Trump tiene derecho al suyo: una niña nacida en un barrio obrero de la ciudad industrial de Sev-nica en Eslovenia, que entonces estaba bajo el régimen comunista de Yugoslavia, y quien a los 16 años descubrió que el mundo se le abría a través del modelaje, lo que la llevó a las pasarelas de Milán, París y finalmente Nueva York, donde en 1996, en un desfile, conocería al icónico Donald Trump, con quien se casaría un año después.
“¡Querida, olvidé decirte algunas cosas”, podría haberle dicho por cierto el magnate: que mi abuelo Friedrich Trump llegó aquí huyendo de su pueblo natal –Kallstadt, Alemania– y del servicio militar a los 16 años y que pronto hizo fortuna con pequeños y luego grandes y numerosos restaurantes donde instauró una fórmula ganadora: buena comida, abundante alcohol y muchas y accesibles prostitutas; y que mi padre Fred, construyó nuestro imperio inmobiliario en La Gran Manzana olfateando y haciendo trácalas con terrenos y edificios que tenían “lagunas legales” y que él compraba a precios ridículos; ah, y que ambos se inventaron un pasado sueco, para que no los relacionaran con la Alemania nazi; y que yo heredé los negocios familiares gracias a que mi hermano Freddy murió de alcoholismo”.
“¡Querida, también olvidé decirte que soy capaz de cometer cada vez más grandes estupideces!”: a los señalamientos del padre musulmán de un héroe estadunidense de la guerra en Irak sobre mis propuestas de un muro a lo largo de la frontera con México y el veto a la entrada de musulmanes al país, ya he respondido como se debe; les dije que el discurso del señor Kahn seguramente se lo escribieron los guionistas de Hillary y que su esposa no habló porque no tenía nada que decir o quizás no le permitieron decir nada por su condición de musulmana. ¿No te parece genial, querida?”.
Yo no sé cuántas sorpresas más se tengan reservadas entre ellos –y para todos nosotros– estos dos personajes. Pero me recuerdan, aunque en versión caricaturesca, a aquel pequeño clásico Sr. y Sra. Smith, con Brad y Angelina, en el que el peculiar matrimonio va descubriéndose uno al otro. Con la diferencia de que el Sr. y Sra. Trump, quieren habitar la Casa Blanca. 

El Universal

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