martes, 24 de julio de 2018

Péndulo Político

LOS HABITANTES DE LOS ASTROS II

Por: Emiliano Mateo Carrillo Carrasco

«A través de los abismos del espacio, espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera, inteligencias vastas, frías e implacables, contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista... » Fernando Savater
El estilo de Los primeros hombres en la Luna es notablemente diferente al de la novela que acabamos de tratar. El naturalismo mágico de La guerra de los mundos deja paso a un humorismo victoriano cuyas tonalidades se van ensombreciendo hasta la cruel ironía de las últimas páginas. La idea del viaje a la Luna estaba hecha ya en literatura cuando Wells escribió su novela, pues acababa de ocupar a Verne en dos de los relatos de mayor impacto popular  del autor de Los viajes extraordinarios. Pero a Veme lo que precisamente le ocupaba era el viaje mismo, sus dificultades técnicas Y sus notables incidencias: no se atrevió a que sus personajes pisasen la superficie lunar, posiblemente por el escrúpulo de no saber cómo resolver verosímilmente el problema del retorno. Wells, en cambio, despacha todos los obstáculos científicos que  obsesionaban a Verne con el sardónico invento de una sustancia prodigiosa, la cavorita, refractaria a la fuerza de gravedad; con una esfera recubierta por placas convenientemente situadas de cavorita se puede ir y venir por el espacio como quien no hace la cosa, lo que liquida todas las fastidiosas lucubraciones sobre combustibles, propulsión, fricción y demás zarandajas técnicas, para dejar reducido el tema del viaje a su meollo esencial: la exploración de la luna y el encuentro con los selenitas. A Verne le poseía la fantasía militante de la electricidad y el motor de explosión, cuyas inagotables posibilidades canta con imaginación y arrobo; pero Wells se interesa más bien por la fábula social, por la utopía estelar, y las sorpresas que reserva a su lector provienen antes del choque de culturas y de formas de organizar la vida consciente que de proezas científicas. Los dos terrícolas, que serán los primeros hombres en la Luna, forman una pareja realmente singular: Cavor, el inventor de la cavorita, es un modesto Edison interplanetario, ingenuamente positivista y sin más ambiciones que la fama que tributan los boletines mensuales de las academias, al que acompaña Bedford, un escritor sin talento, obsesionado por los negocios en los que puede uno enriquecerse rápidamente. Los habitantes de la Luna son una suerte de insectos inteligentes que viven en complejas galerías, bajo la superficie del planeta; por las noches sacan a pastar en praderas, que crecen momentáneamente, unas gigantescas reses de pesada mansedumbre. 
Tienen una rígida estratificación social y también se distinguen por la misma fría hipóstasis del intelecto, que caracterizaba al pueblo marciano que invadió la Tierra. Cavor y Bedford son hechos prisioneros; pronto, su mayor fuerza muscular Y la agilidad que les propicia la baja gravedad de la Luna les hace elementos altamente incontrolables para los selenitas. Ese Pueblo ultra organizado, pacífico hasta el bostezo, en el que no existe ningún tipo de conflicto violento, se ve radicalmente perturbado por la aparición de los dos terrícolas, a los que el desconcierto y el acoso hacen sumamente peligrosos. Bedford aplasta sin miramientos a varios selenitas y consigue huir en la esfera de cavorita, abandonando en la Luna al pobre Cavor, menos apto para el crimen y además demasiado interesado por las perspectivas de nuevos conocimientos que la aventura comporta como para concentrar todos sus esfuerzos en la huida. Una vez a salvo en la tierra, Bedford pierde la esfera por un descuido y con ella la posibilidad de retornar en busca de Cavor. Un radioaficionado italiano capta un mensaje desde nuestro satélite, enviado por el inventor naufrago. Según él mismo cuenta, Cavor fue llevado a presencia del Gran Lunar, autoridad suprema de todo el planeta: un gigantesco cerebro que unos servidores bañan constantemente en líquido refrescante para evitar la congestión. El autócrata interroga a Cavor sobre los usos y maneras de los terrícolas: le escandaliza la inexistencia de una autoridad única y le preocupa la para él incomprensible institución de la guerra. Astutamente, se cerciora de que Cavor es el único que tiene el indeseable secreto de la sustancia que permite viajar por el espacio. Eliminándole, elimina el peligro de que bárbaros sanguinarios trastornen con sus querellas y su rapacidad el equilibrio selenita. 
Wells envía al traidor que abandonó a su amigo en la Luna el vívido sueño de «un Cavor despeinado e iluminado de azul, luchando entre las garras de una multitud de selenitas; luchando con creciente desesperación, a medida que sus atacantes eran más numerosos, gritando, protestando y quizá, por fin, incluso matando; le imagino obligado a retroceder, empujado hada atrás, lejos de todo medio de comunicación con sus semejantes, hasta caer, para siempre, en lo desconocido, en las tinieblas, en el silencio infinito ..»
 La lección más elemental que puede sacarse de ambas novelas es ésta: el encuentro con los habitantes de otros planetas no puede traernos sino un conflicto, sea por lo incontrolable de nuestros propios movimientos pasionales, sea por la absoluta ausencia de éstos entre los extraterrestres. Lo grave de este conflicto es que carece de mediación válida, no tiene ninguno de los habituales amortiguadores que normalmente suavizan los choques entre los hombres. El enemigo es siempre lo otro, lo no-humano, aquello frente a lo que no rigen las normas que regulan la violencia en el interior de la comunidad. 
 Pero, poco a poco, los hombres se han avenido a reconocer ciertas semejanzas con sus enemigos, han tendido puentes sobre el abismo irreductible de su hostilidad. El enemigo puede tener ciertos dioses por cuya fidelidad jurará en los pactos, puede conocer el honor y la piedad, lo que rebajará grados en la destructividad del conflicto que se tenga con él. Hay límites que el guerrero no debe rebasar en su escarnio del rival vencido: no puede tratarlo como algo absolutamente ajeno a sí mismo. Atenea sentía predilección por Tideo, guerrero intachable, y había decidido en su corazón hacerle inmortal; la diosa espero hasta verle yacente en el campo de batalla, moribundo y juego descendió hacia él llevándole la ambrosía que había de eternizarle; pero halló que Tideo, en un postrer arrebato, de incontrolable ferocidad, desgarraba con sus manos exánimes el cráneo agrietado de un enemigo muerto para morderle bestialmente el cerebro; Atenea vertió la ambrosía en tierra y abandonó a la muerte a quien no respetaba la dignidad humana del caído. 
Paulatinamente se llega a establecer unas semejanzas mínimas entre los diversos grupos de hombres que reclamaban para sí la exclusiva de lo humano y en base a esas semejanzas se mitiga el extrañamiento hostil que acibaraba sus conflictos. 
Los extraterrestres nos traen el fantasma de la violencia ¡limitada, de la definitiva abolición de lo que protege la vida de los individuos y restringe el derecho del vencedor al saqueo y la destrucción. ¡Qué terrible el espectro de un enemigo con el que no sabríamos en base a qué pactar! En realidad, son las vísceras, las necesidades y debilidades de nuestra carne, lo que en primer término propicia el reconocimiento del otro.
El cuerpo reconoce semejantes, pero el espíritu nunca. Una inteligencia desencarnada sería destructividad pura, irrefrenable, implacable. 
La pura inteligencia es intratable, como el Dios puramente espiritual y absolutamente Otro del monoteísmo precristiano. Sabemos que nuestras almas son esos extraterrestres sin entrañas, fríos, despiadados, calculadores, cuyos planes rigurosos no se detienen ante nada. Dentro de nuestro humilde y cariñoso cuerpo terrícola acecha el marciano sin sentimientos para él que los restantes hombres no son sino bestias de carga, el Gran Lunar autoritario y su ente  no reconoce más que súbditos y víctimas.  De algún modo, le sentimos con espanto crecer dentro de nosotros. Fingimos esperar del espacio exterior una amenaza que, sin duda, nos viene de dentro, de ese abismo interior cuyo silencio infinito bastaría para aterrar a mil Pascales... Ahí se agazapa esperando la hora de la invasión lo implacable, lo inhumano: lo pensante. Michelangelo Bovero: Las condiciones de la democracia. Una teoría neo-Bo... https://youtu.be/ewEM4PwSJHI vía @YouTube

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