miércoles, 29 de abril de 2015

EL INDIVIDUO EN COLECTIVO

Por: Rodrigo Domínguez Vergara

Hablamos tan frecuentemente del colectivo social que, a veces nos olvidamos del individuo; de aquél que se esmera por aportar al colectivo: ideas, sugerencias, alternativas de acción, etc., y, lo perdemos de vista. Muchas veces, hasta lo ignoramos o no lo queremos ver. En ocasiones, debido a su discordancia con el grupo, solemos descalificarlo y considerarlo como alguien que va en contra de la razón del colectivo.
No olvidemos que, antes de pertenecer a un colectivo, somos individuos con experiencias propias. Si bien, es cierto que se manifiesta más fuerza e impacto con la participación de todos; las pautas, son establecidas a través de lo individual.
La organización de un colectivo necesita del ingenio individual, lo mismo que un organismo vivo necesita de cada uno de sus órganos vitales. Sin embargo, poco se dice del individuo generador de ideas; de aquel cuya voz reiterativa con la propuesta innovadora, es apagada por la voz autorizada del legitimado colegiado.
Muchas veces, al individuo, se le descalifica; en otros casos se le ignora y frecuentemente se le inhibe, considerándolo un individualista, un buscador de méritos personales o un protagonista ambicioso.
En la reflexión grupal, hay cabida para todos los talentos, así como para todas las individualidades. En la riqueza de la diversidad intelectual, lo importante no es aplicar diversas fuerzas con magnitudes y sentidos diferentes y opuestos, cuya resultante  pudiera ser cero o casi cero; sino actuar, como las fuerzas colineales (Todos con una direccionalidad común), no importando el número de ellas ni su magnitud, pero sí, que converjan para fines de un propósito común. Eso es, en esencia, el espíritu de una buena integración; de un buen equipo de trabajo, para incidir de manera eficaz, en un proyecto de trabajo.
El individuo, en un contexto sistémico, frecuentemente, deja de ser importante y, en algunos casos, hasta innecesario.
Por el contrario, se puede ver en cualquier equipo de trabajo; y objetivamente, en el deporte: el fútbol, el atletismo, etc., que aun cuando el mérito es del equipo, el individuo frecuentemente es la pieza clave que proporciona el éxito o triunfo en los encuentros por equipo.
El colectivo, necesita de un líder sensible, un líder que esté comprometido con la razón de ser del grupo. En consecuencia, los integrantes deben ser gente motivada, con oportunidades y espacios de crecimiento. El autoritarismo, ignorancia o protagonismo individualista, solo trae consigo sectarismos, acciones desvinculadas y en consecuencia, metas incumplidas,
Desde el individualismo, se ama y se rechaza. Estos sentimientos o actitudes lo mismo que sus valores, se transmiten al colectivo, los cuales, a su vez, generan una actitud propia como resultado de esa proyección.
La conducta psicológica del individuo promueve la conducta sociológica del colectivo; biunívocamente, la conducta del colectivo, norma la conducta del individuo, es una simbiosis dialéctico-cotidiana. En esta configuración psicosociológicas del individuo en la colectividad, no puede decirse que uno sea mejor que el otro, tampoco que uno aparece primero y el otro después. Uno nace con el otro. Se hacen y conviven en una relación dialéctica. Se construyen mutuamente. Por eso, deben fortalecerse y rehacerse permanentemente el uno con el otro, a través de propósitos y acciones comunes.
Uno, establece el espíritu del grupo; el otro, el espíritu social.
Debido a esto, es indispensable que cada uno se nutra con  calidad académica, pragmática o empírica, inclusive, para poder aportar al otro, la vitalidad y conocimientos necesarios para crecer y madurar simultáneamente y, así, poder cumplir satisfactoriamente, con la misión que cada individuo y grupo social, teleológicamente tengan que lograr.
El individuo, alimenta su espíritu con su preparación, se fortalece a través del estudio, de la actualización permanente, autónoma o sistematizada; del análisis de  su realidad a partir de  sus referentes teórico-metodológicos y del universo de significaciones que sus propias experiencias le proporcionan.
El colectivo, por su parte, conlleva estudio, reflexión y análisis. Es el espacio “sui géneris” para el intercambio de experiencias y, que el individuo lleva hasta su aprehensión, con el propósito de obtener para todos, una perspectiva más amplia de la realidad. Es el lugar para establecer consensos, pero también para configurar escenarios y metas, tanto individuales como grupales, estableciendo roles para la acción y generando un compromiso colectivo.
El resultado de ambos procesos es, un crecimiento individual y grupal; sin embargo, el proceso no termina aquí. El individuo, célula fundamental del colegiado y quien proporciona la materia básica de análisis y reflexión en el grupo, como consecuencia de su acción, necesita ofrecer siempre mejores niveles de información y estudio de su realidad. Ahora bien, si ésta es una de sus responsabilidades prioritarias en el colectivo, debe entonces asumir el hecho de tener que prepararse cada vez más y mejor, a fin de que los nuevos encuentros en colegiado, para buscar alternativas más eficientes en el logro de las metas trazadas, representen, también, una eficaz alternativa para el crecimiento de sus integrantes.
Pero, ¿Cómo capacitar a un grupo cuya finalidad no es, expresamente, la formación de su gente?
Sylvia Smelkes nos dice, cuando habla de lo que es la calidad: -“Lo que importa, no son las cosas que hace la gente sino la gente que hace esas cosas”-
Ofrecer calidad es, tener gente que trabaje con calidad.
Para tener gente que trabaje con calidad, ésta, debe entender los procesos y saber cómo desarrollarlos para dirigirlos: gente que tenga habilidades, actitudes, destrezas y valores sobre las cosas que se tengan que hacer.
Que tenga el potencial para asumir tareas y roles que le permitan dirigir tareas y coordinar gente.
Esta tarea de crecimiento, capacitación o superación, tiene el espacio privilegiado para desarrollarse, en el propio colegiado.
Los mejores expertos, son los que están haciendo la tarea.
En consecuencia, debemos capacitarnos en el proceso, en el colectivo, con las tareas a desarrollar, asumiendo roles distintos, comprendiendo, analizando, sintetizando, concluyendo para desarrollar competencias para los procesos que se desarrollen.
Ahí es, donde se forman los verdaderos líderes.
La tarea no es fácil porque para intentarlo, se necesita tener una verdadera actitud democrática.
En resumen, debemos tener siempre presente, como lo señala Silvia Smelkes:
“La calidad empieza con las personas”.

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