martes, 18 de octubre de 2016

Intentan autoridades criminalizar el “corrido”

Ciudad de México.- Se volvieron populares a partir del repunte de la violencia en el año 2000, aunque son esencia de la Revolución Mexicana que contaba las hazañas de los “generales” y luchadores sociales, sin embargo, el corrido en general ha sido, desde su origen, una crónica de la realidad.
En efecto, han sido los de temática relacionada con el narcotráfico los que se han transformado en su narrativa ante un contexto nacional cada día más violento, y han incorporado descripciones de las descarnadas acciones de los sicarios: ejecuciones, degüellos, levantones y todas las demás formas que adopta el crimen que realizan.
Nacidos como subgénero del corrido tradicional –en el que se cuentan las hazañas de personajes, héroes independentistas o revolucionarios–, los registros apuntan a que los primeros narcocorridos surgieron a principios de la década de los 30 del siglo pasado, en la frontera entre México y Estados Unidos.
En su libro Cantar a los narcos, Juan Carlos Ramírez-Pimienta, académico de la Universidad Estatal de San Diego Imperial-Valley, hace un recorrido histórico por este género musical: Los primeros corridos con temática de traficantes de drogas que se pueden ubicar datan de 1931 y otro de 1934. Eran muy diferentes a los actuales, incluso a los de los años 70, interpretados por Los Tigres del Norte. Édgar Morín, doctor en antropología, académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y autor del libro La maña, señala que el narcocorrido no es algo homogéneo, sino que tiene una serie de matices con un componente literario; el compositor describe los hechos, los condena o los califica al grado de llegar a la apología; dan cuenta de una realidad que muchas veces no se cuenta y que el gobierno trata de ocultar, y muchos otros son escritos por encargo, a fin de resaltar una figura.
Ramírez-Pimienta ha estudiado este tipo de música desde los años 90, cuando era estudiante del posgrado en letras en la Universidad de California, en Los Ángeles. Afirma que el fenómeno de la narcocultura, y dentro de éste los corridos de narcos, están relacionados con el contexto económico del país.
“Tras su origen, se dio un lapso de más de 20 años en el que era casi imposible encontrarlos: entre los años 40 y finales de los 60. En el periodo del milagro económico no hay registro de ellos. El género renace cuando comienzan las crisis, a partir de los años 70, y tuvo su primer auge con Los Tigres del Norte, con corridos hasta inocentes como Contrabando y traición y La banda del carro rojo”.
Es en la década de los 80, cuando Rafael Caro Quintero era la figura dominante en el mundo del narcotráfico, donde se produce una primera transformación en los contenidos de estas canciones. Se da un cambio epistemológico en la figura del héroe del corrido; ya no es sólo el que trafica, sino también el que ostenta lujos y dinero, consume narcóticos, alcohol y es un conquistador de mujeres. Un hedonista.
El contexto nacional volvió a transformar al género. En diciembre de 2006, Felipe Calderón declara la guerra al narcotráfico y, lejos de brindar mayor seguridad, la estrategia provoca más ejecuciones, enfrentamientos, desapariciones, descabezamientos. Cientos de miles de víctimas, según organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos.
“De inmediato el narcocorrido refleja esa nueva realidad: entre 2007 y 2011 surge el llamado Movimiento alterado, con letras totalmente explícitas, hiperviolentas, pero a la vez súper reales: descabezados, colgados, pozoleados. Los cárteles están en guerra entre sí y con el Estado, y la música lo refleja”, enfatiza el académico.
Los especialistas coinciden en señalar que mucha de la gente que gusta de esta música entiende la diferencia entre la realidad y las composiciones. “No es que los escuchemos y vayamos a sacar un cuerno de chivo para matar a alguien”, concluye Ramírez-Pimienta. El narco, asegura, “es un asunto cultural, arraigado en la gente no sólo de Sinaloa, sino de todo el país, y el gobierno pretende culpar a los músicos que interpretan o componen los narcocorridos, y los prohíbe.  Los criminaliza porque a alguien tiene que culpar, aunque la responsabilidad de que no haya empleo y buenos salarios, y gente armada en las calles, sea de la autoridad.

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