lunes, 20 de mayo de 2019

Columna de Opinión

No sólo son las PM2.5

Por: Cuauhtémoc Ochoa

Vale la pena que cada uno de nosotros nos detengamos un momento a pensar cuáles son las causas que debemos enmendar para reducir los alarmantes niveles de contaminación que en estos días ponen en riesgo nuestra salud.
Se ha dicho que la “nata”, como se llama coloquialmente a la nube de contaminación que ha cubierto en días recientes la atmósfera del Valle de México y de otras ciudades como Puebla, Hidalgo y Querétaro, se ha generado por la conjugación de una serie de factores que han propiciado la inusual presencia de partículas causantes de diversas afectaciones pulmonares.
Como han explicado los expertos en el tema de calidad del aire, en “la nata” no sólo hay presencia de partículas PM2.5, sino también de otros compuestos dañinos, como es el caso de los óxidos de nitrógeno y de azufre, el monóxido de carbono, los hidrocarburos y el ozono.
Estos compuestos provienen de fuentes de emisión antropogénicas como chimeneas, vehículos, fábricas y otras, que en su mayoría utilizan combustibles fósiles y que, según el Inegi, generan contaminación atmosférica, cuya prevención o remediación le cuesta al país 619 mil millones de pesos, esto es, un 2.8% del PIB.
Debido a la “nata”, hoy recordamos que es urgente resolver el problema de la mala calidad del aire que respiramos en distintas ciudades del país, pero no debemos perder de vista otros asuntos que también requieren de nuestra atención y responsabilidad conjunta como sociedad, y que no podemos seguir aplazando para resolver en algún otro momento.
Me refiero específicamente al problema de la inapropiada disposición de los residuos sólidos urbanos (basura). En México, cada año se generan alrededor de 43 millones de toneladas de estos residuos, de los cuales se recicla menos de un 10% que corresponde a residuos inorgánicos como plástico, metal, papel y vidrio.
De todo lo generado, lo inorgánico no reciclado y prácticamente la totalidad de lo orgánico se deposita en tiraderos a cielo abierto y en rellenos sanitarios, donde el metano generado no es capturado ni quemado en la mayoría de los casos, produciendo mayores niveles de contaminación tanto en la atmósfera como en los cuerpos de agua y los suelos, generando pasivos ambientales que difícilmente podrán ser reemplazados o mitigados si no generamos la conciencia de que la basura no sólo es un tema de contaminación visual, sino un problema que hoy representa un costo de alrededor de 80 mil millones de pesos y aumenta año con año. Y que la mentalidad está en prohibir plásticos, cuando esto sólo representa un 4% del inmenso reto que hoy como sociedad tenemos para contar con un MEDIO AMBIENTE SANO, que pueda ayudar a la transformación que todos queremos y no dejarlo como un problema aislado.
La gestión integral de los residuos sólidos urbanos es un reto monumental que, al igual que las PM2.5, tenemos que atender ya. Los tres niveles de gobierno y la sociedad tienen que ir de la mano para establecer políticas efectivas, así como destinar mayor presupuesto a la creación de infraestructura que permita recolectar, transportar, valorizar y disponer de manera apropiada todo lo que desechamos a diario.
Tenemos que recuperar el valor de los residuos en beneficio de la gente y tenemos que cambiar el pensamiento erróneo de que los residuos son una carga infame de la que necesitamos deshacernos. Los residuos no van a desaparecer mágicamente, como tampoco lo van a hacer las PM2.5.
Necesitamos establecer acciones preventivas que a mediano y largo plazos faciliten e incentiven la transformación de los residuos sólidos urbanos en materiales útiles para otros procesos.
Si no lo hacemos ahora, probablemente después aparecerán no sólo “natas” sino unos “cocteles” de sustancias perjudiciales dispersos en distintos ecosistemas, difíciles de entender, capturar y neutralizar.

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